Memorias del día que Patricia Teherán se accidentó

En las paredes de su casa en el callejón Colombia de El Papayal, Tyrones del Cristo Pérez Céspedes tiene una especie de santuario donde las homenajeadas son ‘las Diosas del Vallenato’. En especial Patricia, aquella chica risueña que con un cariño fraternal lo llamaba ‘papito’ o ‘bigotico’. Las fotos de la ‘diosa’ están por doquier, como aquel recuerdo de la hija putativa que partió trágicamente y por la que aún se lamenta. Y de aquella época en la que también él estuvo en la cúspide de su carrera, como mánager de la prodigiosa voz femenina. La carrera de él también se apagó poco a poco con aquel fatídico accidente el 19 de enero de 1995. La última vez que la vio, Patricia Teherán yacía entre los hierros de un carro, luego la embarcaban en una camioneta para auxiliarla. Él se desmayó y despertó en un hospital. Ella ya estaba muerta. Las memorias de Tyrones Pérez sobre el día en que Patricia se accidentó.

La ida
Teníamos que cuadrar un compromiso en una emisora en Barranquilla. Ella no iba, pero se entusiasmó cuando ya vio que su marido Víctor se arregló. Le dije que se quedara, pero insistió. La convencí de que no llevara al bebé, sino quién sabe qué sería de él. El carro acababa de salir de un taller, de paso recogimos a Billy Pertuz, amigo de Patricia, era animador, vivía en San Andrés y cuando tenía la oportunidad de venir a Cartagena trabajaba con ella. Íbamos los cuatro, Patricia, su marido Víctor, Billy y yo. Cuando llegamos a echarle aire a las llantas yo me bajé y miré, vi que la llanta estaba lisa. Le dije: Patri, yo no quiero ir a Barranquilla, esas llantas están lisas, este man corre mucho, nos va a estrellar. Patricia dijo: “Vamos que nadie nos está esperando, no tenemos por qué correr”. Nos fuimos. Hicimos las vueltas en Barranquilla y un amigo nos invitó para Champán Vallenato, una discoteca de Barranquilla. Estando allá teníamos que llamar a las niñas de la orquesta porque íbamos a viajar al día siguiente para Villavicencio, tenían que estar en el aeropuerto de Cartagena a las cinco de la tarde. Nos fuimos temprano al hotel, al día siguiente fuimos a almorzar, en el almuerzo se presentó una niña, me pidió una foto con Patricia. Creo que fue la última foto de su vida. Terminamos de almorzar a la 1:30 p. m., Víctor, el señor de ella, dijo: “Me voy a comprar una ropa”, yo pedí que por favor nos fuéramos a Cartagena, que íbamos a ir corriendo por la carretera. Cuando regresaron de comprar la ropa eran las cuatro menos cuarto de la tarde, corrimos, nos embarcamos y salimos.

Fatal regreso…
Saliendo por la Vía 40 queda Bavaria. Víctor se acordó que tenía que entregar una carta ahí, dijo que no se demoraba ni diez minutos, y lo hicimos. Todavía la parte del departamento de Atlántico estaba con terreno destapado, en el camino nos paró una patrulla. Cogimos el asfalto ya en el departamento de Bolívar. Patricia me dijo: “Papito, dame la moñita que tú tienes”, yo se la di. Yo tenía el cabello más largo, cuando el cabello empezó a cortarme con la brisa, me impresioné al ver la velocidad que llevábamos. Ella venía dormida. Me acerqué a Víctor y le dije: ‘¡Ey!, oye loco, para bolas, que las llantas están lisas y nos vamos a estrellar”. Ha dicho él: “Viejo Cristo, ¿tú eres marica? El día de morir es uno solo”. Terminando la frase estalló la llanta, enseguida imaginé el golpe. Traté de meterme entre los dos cojines. Billy trató de hacer lo mismo, no tuvo tiempo, con esa frenada el carro se aguantó, corcoveó y se fue de lado. En el aire se salió Billy, se rajó toda la pierna, cuando el carro pegó en tierra, Víctor salió disparado como una bala, y lo esperó una estaca. Murió. Ella y yo quedamos dentro del carro. Comencé con la desesperación a dar golpes a la puerta para salir y la vi a ella, que estaba arriba del timón. No sé de dónde saqué fuerzas, porque yo tenía fracturada la clavícula, y halé del brazo. Cuando ella se levantó, me vio, comenzó a balbucear. La saqué, se me tiró encima y vi a la gente que venía corriendo. Perdí el conocimiento por segundos, la vi cuando la embarcaban en una camioneta. Cogieron la vía de Santa Catalina, el dispensario estaba abierto pero no estaban los médicos, perdieron un gran tiempo. Ella falleció por la Bomba El Amparo, ahí se le cortó ya el aire.

La mentira
A mí me recogió un señor que se llama Eugenio Giraldo, director de Los Inéditos. Me llevó al hospital. Todavía en el hospital yo creía que ella estaba viva. Cuando me subieron al octavo piso, comencé a preguntar por Patricia. Mi familia ya le había dicho a los médicos que me dijeran que la estaban operando. Al día siguiente, cuando me fue a ver el doctor Pantoja, le pregunté por Patricia y me dijo: “Ella llegó muerta”. En ese mismo instante, de la impresión, me caí de la camilla y me puse a llorar. Total que yo miré el entierro, donde la estaban velando en el estadio de fútbol, porque me subieron a lo más alto del hospital. Ella era para mí como una hija. El último 31 de diciembre lo pasó en mi casa, teníamos una amistad muy grande, de familia. Por eso me dolió tanto y quiero que todo el mundo entienda lo grande que fue como persona y como artista. Pasarán muchos años para que alguien pueda rebasar lo que ella hizo. Eso fue el final. Cuando estaba en mi casa con el yeso, dije, se acabó aquí. Tenía un respaldo de doce muchachas, ellas vivían del vallenato. Codiscos me llamó para que siguiera con ‘las Diosas del Vallenato’. Paramos en 1999, hicimos una última gira por el sur de Colombia. Fue el final mío. Tengo 73 años y mi vida fue algo hermoso en un año en el que conviví con alguien que nunca pude imaginar.

SOBRE TAYRONES

Tyrones Pérez fue el mánager durante el último año de Patricia Teherán. Dedicado a manejar orquestas tropicales, un día cualquiera le llegó la propuesta de incursionar en el vallenato con las ‘Diosas del Vallenato’. “Empecé llevando instrumentos, luego tocando congas. Trabajé en orquestas y con artistas como Lisandro Mesa. Eso fue en 1974. Tuve una orquesta que se llamaba La Monumental y sus Perlas Negras, duramos unos 18 años, tuve la oportunidad de brindar a Cartagena su primer Congo de Oro, en 1988. A Patricia me la presentó una señora que se llamaba Amira Soledad, en marzo de 1994. Con sus palabras dulces me convenció de trabajar con ella. Era una persona hogareña, cariñosa, le decían la Diomedes Díaz de Colombia”, recuerda.

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