De cómo un crimen musical que no fue, salvó a un maestro del acordeón

Inicio / Vallenato / De cómo un crimen musical que no fue, salvó a un maestro del acordeón

Desde niño me apasiona la música, tal vez porque nací en una región donde se escucha de todo, vallenato, salsa, merengue, puyas, tamboras etc., en mi niñez recuerdo que las emisoras barranquilleras tenían mucha influencia dada a la baja potencia de las emisoras vallenatas, donde sus ondas escasamente se limitaban a los pueblos cercanos al Valle de Upar.

En el monte, cerca de las heladas aguas de la quebrada Aguafría en mi natal Curumani, donde solía tener sus labores mi padre Eugenio Arce Leyva, en un pedazo de tierra donde la abundancia de frutas, verduras criollas, animales de corral y animales de monte eran su hábitat permanente, solo se escuchaban las voces de locutores de esas emisoras que imponían por encima del folclor del Magdalena Grande, aunque ya creado el Cesar, los sonidos de la salsa, merengues, merecumbes y música de viento sobre el vallenato tradicional que escasamente se escuchaba en horarios limitados en los programas.

El radio Internacional de seis pilas que tenía mi padre para su distracción era la única arma musical con que se contaba y cuando él solía salir a dar vueltas por el monte y me dejaba solo por un rato, para disipar el miedo prendía la radio a todo volumen con la mala suerte de que las pilas se agotaban y me tocaba recargarlas en el fogón de leña al calor de las brasas como si estuviera asando plátanos que se producían en esta tierra prometida.

Solo en el día de 8:00 a 9:00 a.m. se escuchaba un programa vallenato por la potente Radio Libertad de Barranquilla, llamado Rapsodia Vallenata y el resto del tiempo la salsa invadía el ambiente en todo el territorio de este terruño o pedacito de tierra. Pero más pudo el llamado de los tambores, los pitos del acordeón, el canto, los versos autóctonos de la tierra de Alejo Durán (El Paso, La Loma, Chiriguaná, Curumaní), de donde soy, que las melodías comerciales y contagiosas de las trompetas, bongoes, saxofones, clarinetes que escuchaba la mayor cantidad del tiempo.

Mi padre me encontraba solo y descuidado escuchando radio con la bocina colocada sobre la tinaja a todo volumen, retumbando el bajo que solía emitir un sonido simulando un potente Pick-up o equipo de sonido, simulando tocar acordeón con mis dedos, imitando a Alfredo o a cualquier otro intérprete al que le tocara el turno en la radio y cantando melodías de Jorge Oñate, el Binomio, Diomedes o los Zuleta.

Mi padre al ver mi insistencia tímida, que a solas tocaba y él se daba cuenta, quiso complacerme y les confieso que casi soy partícipe de un crimen cultural sin precedentes. En el afán de conseguir un acordeón, mi padre casi deja sin instrumento a un niño de la época, esa complacencia de su padre por su hijo por cambiarme un acordeón invisible por uno real, pudo ocasionar una tragedia en el folclor Vallenato, cual víctima inocente sería el maestro Omar Geles, niño en esa época, el cual pudo haber desaparecido del argot musical por mi culpa y por un trueque de nuestros padres. En efecto mi padre vendía al viejo Roberto Geles cargas de plátano curumanilero, el mejor en su época, y el viejo dudaba de que su hijo que tocaba un acordeón propio y real asegurara así su porvenir y mi padre convino que en la siguiente carga a cambio del dinero recibiría ese acordeón. Gracias a Dios no se consumó ese crimen.

Hoy años después he decidido dejar huella a mi generación, que vivió circunstancias similares y a las nuevas que han perdido el interés en nuestro folklor, no por su culpa si no por no conocer su historia y como yo fui invadido por otros ritmos, ellos están siendo invadidos por otros que le están robando un espacio a nuestra cultura. Que conozcan el origen de nuestra música, que no solamente el canto y la letra la constituyen si no también las frases expresadas por los juglares; hermosa música nuestra, que no solo es de Valledupar sino del Magdalena Grande que es un todo, que a pesar de la separación simbólica de sus regiones Magdalena, Cesar, La Guajira están unidas por la fraternidad, el amor por la tierra, la música y nuestras costumbres.

Por Ángel Arce

Comments

comments